Es solo un momento, un instante, un segundo. Un trozo de ti
se va, sientes como se desvanece, como la noticia se hace tan real como la
pérdida.
Es un segundo de incredulidad, en el que crees que no ha
pasado realmente y que todo ha sido un sueño. Una pesadilla. Pero con el paso
de los minutos te das cuenta de que tus creencias no son reales, quieres que
sea así pero no es real. Piensas en ese segundo en tu familia, en el resto de
tu familia. Sus pensamientos, sus emociones, sus lágrimas. Y en ese segundo
sientes miedo. Miedo a la pérdida. Miedo al darte cuenta de que tu vida puede
cambiar de un segundo a otro, de un momento a otro, de un instante a otro. Y tú
no vas a poder hacer nada para remediarlo.
Se dice que la vida es como un libro, en el que van pasando
las páginas, hasta que llega un momento en el que la página pone “fin” y el
libro se cierra. Pero hay veces que alguien arranca las últimas hojas de golpe,
en ese segundo. Y todo cambia. Tu vida cambia.
Como consuelo piensas que es mejor que se hayan arrancado
las últimas páginas del libro de golpe, en vez que justo la última página se
hubiese quedado pillada entre la penúltima y la pasta final del libro, suspendida
de un solo hilo. El hilo de la esperanza. A veces es mejor no tener esperanza,
o eso pienso.
Cuando te arrancan de golpe ese trozo de ti, y en su lugar
entra el miedo, sientes que nada merece la pena. Que todos los libros van a
terminar por cerrarse de un momento a otro. Los libros de los que te importan,
arrancándote más trozos de ti hasta quedarte vacía.
Cuando te arrancan de golpe ese trozo de ti, solo te queda
luchar por los libros que quedan aún abiertos, luchar y seguir adelante. Hacer que lo que te queda merezca aún más la pena.
